Se cubrieron tus ojos de septiembre relucientes de las cenizas de Faulkner
que se abrían en blanco y negro sobre tus piernas de humo.
Se licuaron las galaxias que orbitaban en tu pecho y vertieron su zumo de estrellas sobre la lencería de encaje y sobre la ropa revuelta de la cama.
Se perlaron de sudor las frentes y en ese delirio de alucinantes contorsiones
creímos volver a ver las oscuras golondrinas colgando sus nidos en tu pubis y bajo la sombra de tus atléticas pestañas.
Se destejieron los amaneceres acrílicos de tus ojos en la rueca que devana los latidos y desde entonces me miras con desgana, como al íntimo desconocido que se sienta a comer a tu mesa y que se acuesta contigo en tu cama.
Con un paño raído de hilo pasas la noche dando lustre al nácar demacrado de la luna y al liquen que se incrusta en el crepúsculo de la carne y a la mugre de luz que enturbia el agua bendita de los charcos.
Ya no me importa que no me ames ni que me niegues el pan de tu lengua y la sal de tu saliva, ni me asusta que me grites tu nombre en la sangre justo antes de quedarme dormida.
Procuraré no hacer ruido y llegar desde el otro lado del océano donde el aleteo de una mariposa incuba la tristeza y las adolescentes tienen pan de oro en las mejillas y lloran lágrimas de cocodrilo cuando sus amantes se suicidan ahorcándose con las cuerdas de los violines de vino.
Me verteré suave en tu cuerpo como se vierte la tarde en el ocaso, y el té de las cinco en la taza de porcelana y el llanto frente al espejo del cuarto de baño.
Sin inmutarme veré llegar puntual a la estación el último metro como llega un moribundo al último suspiro, como una ráfaga de viento a anunciarnos el otoño, como el silencio a los ángeles de granito que custodian la entrada del cementerio, como un abrazo
a la oficina de objetos perdidos.
Enmohecieron los besos que olvidaste en mis labios de tanto esperar
en la boca del metro mi llovizna de oro con el rímel corrido
y el paraguas abierto.