martes, 30 de septiembre de 2014

DÁNAE EN LA BOCA DE METRO

Se cubrieron tus ojos de septiembre relucientes de las cenizas de Faulkner
que se abrían en blanco y negro sobre tus piernas de humo.
Se licuaron las galaxias que orbitaban en tu pecho y vertieron su zumo de estrellas sobre la lencería de encaje y sobre la ropa revuelta de la cama.
Se perlaron de sudor las frentes y en ese delirio de alucinantes contorsiones
creímos volver a ver las oscuras golondrinas colgando sus nidos en tu pubis y bajo la sombra de tus atléticas pestañas.
Se destejieron los amaneceres acrílicos de tus ojos en la rueca que devana los latidos y desde entonces me miras con desgana, como al íntimo desconocido que se sienta a comer a tu mesa y que se acuesta contigo en tu cama.
Con un paño raído de hilo pasas la noche dando lustre al nácar demacrado de la luna y al liquen que se incrusta en el crepúsculo de la carne y a la mugre de luz que enturbia el agua bendita de los charcos.
Ya no me importa que no me ames ni que me niegues el pan de tu lengua y la sal de tu saliva, ni me asusta que me grites tu nombre en la sangre justo antes de quedarme dormida.
Procuraré no hacer ruido y llegar desde el otro lado del océano donde el aleteo de una mariposa incuba la tristeza y las adolescentes tienen pan de oro en las mejillas y lloran lágrimas de cocodrilo cuando sus amantes se suicidan ahorcándose con las cuerdas de los violines de vino.
Me verteré suave en tu cuerpo como se vierte la tarde en el ocaso, y el té de las cinco en la taza de porcelana y el llanto frente al espejo del cuarto de baño.
Sin inmutarme veré llegar puntual a la estación el último metro como llega un moribundo al último suspiro, como una ráfaga de viento a anunciarnos el otoño, como el silencio a los ángeles de granito que custodian la entrada del cementerio, como un abrazo
a la oficina de objetos perdidos.
Enmohecieron los besos que olvidaste en mis labios de tanto esperar
en la boca del metro mi llovizna de oro con el rímel corrido
y el paraguas abierto.

viernes, 28 de marzo de 2014

NAÚFRAGOS

La marea de luz que se acrecienta
rompiendo sus espumas contra el día,
olas de aire salino en la sombría
playa del cielo turbia y soñolienta.

Sobre el mar alborea y transparenta
su cristalina piel de anatomía
líquida y sin fronteras, su alma fría
que sueña en sus abismos la tormenta.

Pasos que el caminar desasosiega
y huellas que en la arena desesperan
en este amanecer que se demora.

Es la helada mañana que congrega
a los errantes náufragos que esperan
un viejo pecio hundido hacia la aurora.




lunes, 17 de marzo de 2014

RECAPTACIÓN DE LA SEROTONINA

Frío como el deshielo de la piel bajo los vasos
capilares que desbordan ríos de polvorientas lágrimas,
anegando cualquier cosa que ahora miras con tanta obsesiva
indolencia: la cama deshecha como un alud de sábanas de nieve
sucia que te cubre la cabeza, la ropa en el suelo que se ha desvestido
de tu cuerpo, interpretando el simulacro de un suicidio
idílico, consumado sin el esfuerzo de empuñar
un arma, de abrir una ventana, de dejar una nota sobre la mesilla.
Te basta -eso piensas- con cerrar los ojos tan sensibles a la luz que supura
linfática penumbra por las rendijas de la persiana, con sentir la barba
creciéndote en la cara como una enredadera
de litúrgica tristeza, como una mala hierba que te arraiga en el humus
de la piel en ruinas, mientras sujetas la máscara de porcelana
del rostro entre las palmas de las manos.
Te gustaría llorar, pero no puedes.
Los apóstoles de la recaptación de la serotonina
han encendido antorchas de azules prescripciones
entre las dendritas y ya predican en el desierto sinóptico
la química resurrección de una sonrisa.


miércoles, 5 de marzo de 2014

CEMENTERIO MARINO

Océano de luz gravitatoria
que alumbra las cenizas que disuelve
en el inmenso azul que las absuelve
en esta submarina eterna gloria.

En el agua su líquida memoria
perdura en cada ola que devuelve
su recuerdo, en la espuma que lo envuelve
en creciente marea invocatoria.

Y así su voz regresa hasta la orilla
cristalina y recién resucitada,
de viento y de salitre coronada.

El lecho marino es la honda capilla
sumergida a la que me acerco a rezar
a los muertos que ya sueñan con el mar.

domingo, 23 de febrero de 2014

ELEGÍA CIRCUNDANTE DE FLORES DE LAVANDA

                                                                  La vieja mano sigue trazando versos para el olvido.
                                J.L.Borges

Ginebra, a mediados de junio de 1986. Cierto escritor políglota de muy
avanzada edad e incuestionable prestigio internacional, a pesar
de las ficciones que ornamentan su biografía, avanza
a tientas con su bastón entre las sombras, impuestas de alguna
manera por un caprichoso destino del que sin embargo
no reniega, según él mismo reconoce en inmortales
endecasílabos, no sin porteña socarronería.
Bien al contrario, hace tiempo que lo acepta con mística
mansedumbre a tenor de su simpatía hacia Demócrito de Abdera
quién como su leyenda atestigua
se arrancara los ojos para pensar mejor y soñar más lejos, más
alto, y más profundo.
Se llama Jorge pero prefiere perdurar en al anonimato de las íntimas
penumbras que lo arropan y congregan su imaginación al calor
de una luz cenital que entra por el ventanal de la biblioteca
y que recorta su figura contra los anaqueles repletos
de libros, mientras hojea polvorientos volúmenes
reconociendo al tacto de los dedos el cuero de familiares
cubiertas, el relieve de las letras capitales que inician releídos
capítulos, la orográfica memoria del papel, su terapéutica
textura, alguna que otra flor
seca, vestigio de un paseo del brazo de una mujer
que no recuerda, o quizás sí, y otras imperceptibles señales para el común
de los mortales, pero candentes a las yemas de los dedos de un hombre
de sibaritas sentidos, aficionado desde niño a descifrar cábalas
y enigmas, como la huella indeleble de reseca asimetría que dejó una lágrima
en el papel, el surco que trazó el carbón del lápiz
bajo una palabra escogida, los pliegues dactilares y concéntricos de la piel
del pulgar que sujetó más firmemente, quién sabe ya
por qué, una página, una fotografía que ha perdido la memoria,
en la que posa rodeado de rostros vagamente desconocidos.
De natural inclinado a lo efímero, al vacío que se vierte
en el reloj de arena del cuerpo, su perfil se va desdibujando
entre las sombras que le reclaman
bajo el olor de las flores de lavanda que ya se respira
y que circundarán para siempre de lírica fragancia
su sepultura.


lunes, 17 de febrero de 2014

BOSQUEJO A CARBONCILLO

                                       A mi madre, que me dio su voz
                                       para que yo cantara.

Como un golpe de viento en los tejados,
desangelado vuelo de gorriones
sobre un cielo de grises nubarrones,
regresan mis recuerdos deshojados.

Detrás la catedral apunta al cielo
como un dedo que a Dios le recrimina
la lluvia de incesante disciplina
y el frío, y los charcos en el suelo.

Veo llover detrás de los cristales
desde la vieja casa de mi abuela
y la imaginación se me desvela
en sus ensoñaciones cardinales.

Mi abuelo, ya difunto, me observa
desde un daguerrotipo en blanco y negro,
vestigio de la estirpe en que me integro
y de lo que el futuro me reserva.

De su mano, otro niño en pantalones
cortos me mira muy desconcertado;
no sabe aún que me ha engendrado
ni que son de humo nuestros corazones.

El resto ya es tiempo consumado.
La vida que pasó sin darnos cuenta
y esta memoria triste y cenicienta
de la niñez que no ha cauterizado.



martes, 11 de febrero de 2014

TEMPLO

Este cuerpo que nos presta la piel,
los huesos y la sangre,
sin excesos;
solo lo justo para cobijar
un ser humano.

Este cuerpo huérfano
de sueños, circundado de oceánica
soledad,
como un ramo marchito de sombras
que entregamos
como una ofrenda desnuda
a la hoguera de otros cuerpos.

Este cuerpo fronterizo con
la muerte que habitamos en usufructo
y que devolveremos vencido
a la tierra.





lunes, 10 de febrero de 2014

SANTO OFICIO

                     "Grabaré mis leyes en vuestras entrañas"

                                                     (Jeremías 31,33)

Hipócritas, impías, puritanas,
corruptas santidades de creyentes
descreídos y cuerpos delincuentes
de sucias perversiones parroquianas.

La curia de delirios trascendentes
enlutada en fanáticas sotanas
regurgita las iras vaticanas
pastoreando las almas y las mentes.

El fuego inquisidor que ahora crepita
alza las mismas llamas de la hoguera
donde la carne del hereje ardiera.

Su hambre de sadismo es infinita.
Se desangra eternamente el hijo
clavado en el cruento crucifijo.

HAIKUS

Nos rima el alma
en versos asonantes
con el misterio.

Niebla en el alma,
en la bruma camino
con pies de humo.

De noche sueño
con el alma asomada
al infinito.

Miro al cielo.
Cosechador de nubes.
Mi pensamiento.

CIRUGÍA POÉTICA




El bisturí de acero frío
del verso
hiende el papel
y le hace la autopsia
al cadáver caliente
de los sueños.

El poeta
de cuerpo presente
en este acto poético
te dona sus rimas
vitales.

Con este corazón
artificial
puedes seguir

viviendo.

LA NOCHE





Ciego, con instinto de animal

que acata su destino,
el día se amortaja en su crisálida
de sombras
para parir la deslumbrante mariposa
de la noche.

Todas las estrellas del universo
arden sobre sus majestuosas alas
abiertas que aletean encendidas
de misterio.

El ocaso se abre paso a cuchilladas
con su puñal de alabastro
y el crepúsculo se desangra
por la herida letal
del horizonte,
resbalando por su mejilla
como una lágrima
de magma.

Enigmáticos astros refulgen
a lo lejos, en la capilla ardiente
de la noche,
como la pedrería de exquisita orfebrería
de un tesoro abandonado
a la orilla del tiempo,

por los imaginarios dioses
que nos sueñan.

VORACES LUNAS DE INVIERNO

Marejada en el corazón.


Mar de fondo en el alma.

Despierto y abro los ojos al abismo
del día.

Voraces lunas
de invierno. 

Hambrientos soles
de asombro.

Tras la ventana, un cielo en coma 
etílico finge al amanecer 
el fin del mundo.

Me miro  en el espejo y sostengo la mirada  de ese íntimo desconocido con el que comparto, sueños, sangre y silencio.

Luego combino un pantalón, una camisa, unos zapatos, una sonrisa,
y salgo a la calle con el corazón desguarnecido, en 
hilvanes, pendiente 
de un hilo,

descontando con angustia los latidos

que me quedan

para amarte.

LA SED

Vencidos los labios,
molusco jugoso, acorralo tu lengua
y mis besos te van devorando
con carnívora dulzura,
ávidos de tu boca y tu aliento,
poseídos de furiosa
ternura.

Luego acecho tu cuerpo.
Merodeo sus fecundos pastos
y sus vedados abrevaderos,
hasta que descubro tus ojos
agazapados como dos fieras
hambrientas de amor
abriéndose paso
en la espesura
del deseo.

El instinto santifica nuestros cuerpos
y ya sin remordimientos nos entregamos
a la única liturgia que aplaca
esta inmensa soledad
que nos devasta,

esta insaciable sed
de cariño.

LÁGRIMAS





En un desierto de sal
enterraron la semilla
del llanto,

y cuando germinó
arrojaron al mar

su cadáver.

Por eso son saladas

las lágrimas.

ARS PATÉTICA

                                          ¿Has sido tú la que le dictó a Dante
                                          las páginas sobre el infierno?
                                          Y ella responde: Yo soy aquella.
                                                                        Ana Ajmatova



La cinta de laureles y de espinas
ladeada en la frente soñadora,
rumiando tristes rimas a deshora,
mendigando la luz por las esquinas.

Mártir de los martirios que alucinas,
y líricas desdichas de quien llora
lágrimas de ceniza gemidora
ardiendo en los infiernos que imaginas.

Te halaga infeliz que te prefiera
para engendrar dolientes universos
en tu concupiscente calavera.

Para soñar del sueño los reversos
la musa te escogió como ramera
y te paga arrojándote estos versos.

LA CANCIÓN DEL PIRATA


                                                                               Y si caigo, ¿qué es la vida?
                                                                               Por perdida ya la di, cuando el yugo                          
                                                                               del esclavo, como un bravo, sacudí.
                                                                                                      José de Espronceda.


Mukthar Shaykh Abdi, gran Señor de la Guerra, el miedo tejerá nidos
de tarántula en el corazón de los guerreros, incubará huevos de larvas
de avispa en los sueños de los hombres que se alimentarán
de sus remordimientos, que engordarán con su mala
conciencia, que se cebarán con sus malas
acciones. Eso dicen los huesos que han caído así y no de otra forma
al polvoriento suelo de la choza; así habla por boca
de tus antepasados el curandero de acartonada piel y enloquecidos ojos
lunares que has ido a consultar antes de embarcar
hacía los caladeros en el puerto de Bosasso,
porque para entonces el rumor se extiende desbocado, con pánico
de gacela que presiente la mirada del leopardo en la sabana,
recorriendo en una sola puesta de sol los 3.500 kilómetros de costa
del Cuerno de África, de Mogadiscio a Kismayo, infectando la paz
de las conversaciones a la puerta de las mezquitas, amargando
las tertulias en voz baja de las teterías, propagándose como una epidemia
de desesperanza más por los campos de refugiados y los barrios de chabolas
donde se hacinan las mugrientas milicias de hambrientos pescadores.
Para entonces, Señor de la Guerra, tú también has sentido un escalofrío como el beso del cañón de una AK-47 en la nuca. Los armadores portugueses
no tienen tantos escrúpulos como los españoles
o los franceses, no tienen paciencia para los ornatos éticos ni las disquisiciones
morales. El negocio mueve 450 millones de euros al año, así que si te capturan te encierran en las cámaras frigoríficas de las factorías flotantes de pescado y después arrojan los rígidos témpanos humanos por la borda, se deshacen de los despojos helados sin demasiados miramientos porque a fin de cuentas
el Comité de Derechos Humanos de la ONU no va a echar de menos
el cadáver de un negro más o menos flotando indocumentado, antes de hundirse
para siempre en el abismo legal de las aguas internacionales.
La noche antes de reunirte con tu tripulación,
tú ya te has visto solo en la bodega del Virgen de Fátima,
un pesquero de 105 metros de eslora que faena bajo bandera
de Belice y que captura 1.500 toneladas de atún por marea, ya te has visto
colgado de un gancho,
con las manos atadas en las espalda y los párpados escarchados, a punto de
dormirte y soñar que retornan los copiosos bancos de peces
de los que te hablaba tu abuelo
mientras remendaba sus redes en la playa de Lido,
esperando ansioso el milagro de los sangrientos atunes que pronto teñirán de rojo las cubiertas de los cayucos y darán de nuevo de comer a toda la aldea
tras sobrevivir otro año más a los monzones.

Pero las cosas ya no son como eran y en el vestíbulo de un hotel de lujo de Hargeysa tus mujeres y tus hijos bailan para un grupo de complacidos turistas occidentales la danza del
histérico folklore de la miseria.
Por la amura de popa ya se acercan los cañones
de las fragatas que velan por el cumplimiento
de los acuerdos de pesca bilaterales.


466/64

La telúrica rebelión se acumula luminosa en las pupilas
del hombre preso y relampaguea serena en el cauce de las
venas, alumbrando la lúcida sangre de la generación
que está sudando el porvenir a borbotones picando piedras de sol a
sol en Robben Island, por las heridas abiertas y encendidas como sangrientos
capullos de Protea por el látigo que lacera fiel a la vieja costumbre
la piel más vulnerable y más oscura.

Todavía no lo sabe, pero no hay muros ni rejas que puedan contener su
coraje porque en su mente ya se remansa salvaje la revuelta
y se arrodilla de dolor, aunque nunca más en señal
de servidumbre sino para parir en cuclillas como su abuela, río arriba, más allá
de las chozas en ruinas de Qunu, el pueblo donde nació libre y en el que descansarán
sus desencadenados huesos, la incontenible crecida
de las aguas que lavarán tanta mugre acumulada
en el alma, tanta injusticia porteada sobre la espalda, tantos grilletes
en la lengua, tanta impotencia desecando las gargantas, tanta maldad
enfermiza cuarteando la quemada tierra
de la conciencia.

De noche tumbado en el suelo, el reo 466/64 tararea a sus
guardianes la inofensiva nana de pacífica
guerra que les cantan a sus hijos las madres africanas
cuando les amamantan con la leche que amarga
en el paladar y les provoca el llanto porque sabe a hambre de
justicia y nunca sacia la desquiciante sed
de venganza.

La chispa del incendio de dignidad que prenderá al chasquear
sus  dedos y caer sobre la yesca de la ignominia se extenderá como
un hipnótico ritmo de tambores de aldea en aldea, de ciudad en
ciudad, de Sharpeville a Soweto, devolviéndole la condición
humana al pueblo de Sudáfrica, pero no temáis amos
blancos porque no hay ánimo
de revancha  en el corazón del hombre condenado
a libertad perpetua que arenga a los guerreros a hermanar
los sueños y a conciliar todas las razas de la tierra.

Su irreductible paz pacerá para siempre en las praderas
de la memoria mansa como un buey entre los versos, imaginando que es un león
que duerme custodiando una bandera blanca,
y sueña que es una gacela
hecha con jirones
de nube,
a salvo de la violencia y la intolerancia
en la imaginación
de un presidiario sin nombre
que mira al cielo libre
del mundo
desde la enrejada ventana
de su celda.

LA PIEL

                                                                                       A Igone, que me hace
                                                                                       el regalo de quererme. 


      
Me gusta el tacto de holograma
de tu piel,

su textura de
cáliz y de arena,

su fina orfebrería de ala
de golondrina,

su exquisito caligrama 
que cada noche deletreo

con la yema estremecida 
de los dedos.  

Y la vida vuelve
a tener argumento 
de milagro.

AL BUSTO DE BLAS DE OTERO (DE LA CALLE EGAÑA)


                                                          …Cuando morir es ir donde no hay nadie…
                                                                                                     Blas de Otero.



Sobre el pedestal que finge
tu memoria, tu efigie te sobrevive
amputada,
en un rostro apócrifo
que yergues sin entusiasmo,
con la voz fraguada para siempre
en el bronce de los labios.

Altiva y solemne,
la hierática escultura
interpreta tu inmortalidad oficial
con frialdad de funcionario,
y una pavorosa mirada
de estatua invidente
que espanta
           a los niños
y congrega a las palomas
que te cubren
de excrementos,
aunque en tu pecho
aún crepita un rescoldo
de corazón amando
en estricto
silencio.

Tus biógrafos no aceptan
que algunas noches llores lágrimas
de plomo
como si soñases
versos,

o te supieses solo,

solo para siempre en esta calle
de irrevocables ausencias,

y de incesante olvido.

ACUARELA DE SOMBRAS

En el poniente la luz coagula, se decanta
a borbotones y consagra esta tarde de ocres
obsesiones, esta puesta de sol arracimada en la altura
con alma de retorcidas vides y maduras uvas,
este ocaso de luz trasegada, de fermentadas transparencias
y añejas penumbras, esta tarde que va vertiendo su noche
de ebrias revelaciones y constelaciones trémulas
en la copa rebosante del día,
esta tarde en la que el cielo cae sobre la tierra
como un ángel de espaldas
a la gloria, precipitándose a contraluz,
encarnándose en su propia sombra,
saciado de eternidad, sediento de mortales
pasiones.

Sobre la soledad de todos los hombres,
la noche se va abriendo certera y profunda
como una herida de cuchillo en la espalda
del horizonte, como un golpe de azada
en los yermos eriales de las nubes,
como un tajo de hacha en las lácteas arterias
del firmamento, como un chasquido de fusta
en la piel nocturna del aire que hace inclinar
la mirada y unce los ojos al solemne yugo
del crepúsculo.

Pero no temas. Con el hilo invisible de tus sueños golondrinas voraces
no cejan de tejer el infinito.

LA AURORA EN RUINAS


                                                                                      “El día de los desventurados, el día 
                                                                                        pálido se asoma…”
                                                                                                                      Pablo Neruda


Amanece en Bilbao con escenografía de naufragio,
como en el primer acto de una ópera fantasma
en la que una orquesta de músicos de otro mundo
presagia desde el foso la tragedia inminente.

Húmedo, deshilachado, mugriento se alza el telón del día,
y descubre un escenario de claridades raídas, de cielos
desconchados, de desvencijadas ventanas asomándose
a ruinosos solares, a patios donde se suicida
la alborada, a un abismo de líquenes amarilleando
los desmoronados muros del aire.

Huérfana, póstuma, descarnada nos nace esta aurora que no se sabe
difunta y deambula despavorida por las funerales alturas,
aullando de dolor, abrazada a su gélida agonía,
envuelta en una mortaja de harapientas luces.

Loca, ferviente, fanática mañana que acuna el cadáver del mar
yaciente que le crece en las entrañas, socavando la arenisca
de su vientre, rugiéndole en la sangre del alba con un apacible rumor
de catástrofe.

Malquerida, repudiada, deshecha en lágrimas turbias la ría
se arrastra por la ciudad con alma de acuarela sucia y desleída,
ahogándose en su propia pena, hedionda y triste como la resaca
de una vieja alcohólica.

Lúbrica, fervorosa, impúdica la piel de titanio
del Guggenheim se empapa bajo la lluvia con el rímel de óxido
chorreándole las heridas, enferma de fulgor, 
candente y palpitante como una adolescente que ha descubierto el sabor
a marchita madrugada que deja en los labios
la vertiginosa quemadura
del primer beso.

Impávidos, impasibles, ajenos al drama los cristales de los edificios reflejan una estampida de nubes, un lamento de pájaros, un crujir de árboles, de tranvías, de coches, un temblor
de transeúntes sin rostro conocido porque el frío cristaliza
la sonrisa
y diseca la mirada.


La casta, austera y recatada villa luce hoy su hábito de látex
y restaña con furia sobre los hombres
el implacable cilicio
de luz
que nos redime
y  expía todas nuestras
culpas. 



APUNTES PARA UN ESTUDIO AFECTIVO DEL GERNIKA



El día se ahoga en el cuadro y se quema vivo porque ya no puede
respirar más sangre ni más fuego y se arranca de desesperación la piel 
a tiras, cegado en los jirones de humo de las casas
ardiendo, esparciendo la semilla abrasadora de la muerte en el aire sin
saberlo, abriéndose paso entre las ruinas y los techos
derruídos y los edificios abiertos como tumbas súbitas, como vertiginosos
panteones familiares, como irrevocables sepulcros
en los que la muerte ha sorprendido esta tarde cualquiera de abril a los cadáveres dando 
cuerda al reloj, atándose los cordones, liando
un cigarro, barriendo la cocina, hirviendo la
leche, abrochándose las blusas
de lino sin tiempo de gritar
un último grito, de darse un póstumo
abrazo.
En la pintura no se escuchan las campanas de la iglesia de Santa María redoblando
pánico en el pueblo, ni las sirenas de las fábricas
aullando a los aviones, pero vemos a la gente correr despavorida de un lado para otro en la inmóvil
coreografía de la masacre en blanco y negro,
en la aterradora parálisis del lienzo del que brotan grises
horrores y hay mujeres con los pechos desnudos llorando sin
consuelo porque se les ha muerto el futuro recién
nacido en el regazo y hay hombres de sueños
irreductibles con los esqueletos abatidos
en el suelo y bestias descuartizadas masticando
la metralla de las bombas como un pasto 
de carnicero forraje y pájaros ametrallados
contra el viento.
De fondo hay una luz pálida de quinqué estremecido, y en el centro un ojo insomne de testigo que llora trazos de ceniza en la capilla ardiente de la memoria.




GENERACIÓN PERDIDA

Los cosechadores cósmicos acarrean haces de luz al hombro, sudan la vía láctea
por las axilas, se apresuran a recoger la cosecha de estrellas
trillando los eriales de la noche.
Boreales rubores estremecen la piel de cobra de las segadoras
astrales cuando hacen rodar por el cielo las cabezas de los girasoles.
Se manchan las manos con el polen linfático de las amapolas
pero no les remuerde la conciencia ni tienen pesadillas si se cortan
con los filos oxidados de los arcoiris.
Antes de que amanezca hay que ordeñar, por este orden, a los
existencialistas, fenomenólogos, freudianos, místicos, gestálticos,
rogerianos, bergsonianos, jungianos y al resto de barítonos
del coro de fumadores de picadura laringectomizados,
oscurantistas brillantes pero al mismo tiempo hábiles manipuladores de la razón
impura: cogito ergo hoy también nos acostaremos como Descartes más ignorantes
y más viejos.
Acercaos  a este cónclave inútil, congregaos en torno a la mesa
camilla para invocar endecasílabos en la guija,
sentaos en las sillas eléctricas ilustrados proxenetas: se os acusa
de sodomizar el sentido común y de prostituir
el lenguaje se os acusa de pesimismo existencial
y angustia metafísica se os acusa de malversar la belleza
se os acusa de disparar metáforas contra la multitud
desalmada.
Alzad la copa de cicuta y brindad por la hermandad de los apóstoles apócrificos
que catequizan vírgenes vestales bajo los puentes,
eyaculad versos precoces sobre las mantillas de las infantas
difuntas y sobre las tumbas de los poetas modernistas
hasta que florezcan orquídeas de acero inoxidable en la calavera de Rubén
Dario y polisones de nardo en las ingles de García
Lorca Federico, vengad esta herida cárdena de violines
en la mejilla, esta cicatriz de insomnio en los ojos, estos perros sonámbulos
aullándonos la sangre.

Al acabar la jornada, de vuelta cada cual a sus obligaciones,
(en el metro, en las gasolineras, en las cafeterías de los museos, en los ascensores de los organismos oficiales, en las salas de espera de
los hospitales, en los aparcamientos  de los centros
comerciales) sucede esto de manera invariable:
los exquisitos cadáveres se demoran en su muerte; demasiado vivos
entre los muertos, demasiado muertos
entre los vivos.

PARÁBOLA DE LA RELATIVIDAD GENERAL


                                                                           
                                                              ¿Qué quiere decir para siempre?
                                                                                         Pablo Neruda.


gracias a ciertos prolongados silencios de Albert Einstein
quien no empezara a hablar hasta la poco usual edad de tres años,
hecho que hubiera constituido una anécdota en su biografía
de no haber dejado una impronta en su carácter que más tarde
condicionaría su existencia de adolescente un tanto taciturno en la Munich de mil ochocientos
noventa y tantos y muy en particular a cierta gravedad
que se le adivinaba en el rostro cuando interpretaba
al violín el concierto número 1 de Shostakovich a los gatos callejeros
y a la comunidad judía en el patio trasero de su casa de Princeton, nueva yersey,
y que no se esforzaba en disimular, más si cabe en sus últimos años
sin sospechar que su cerebro acabaría en formol en un tarro,
todo según su círculo más íntimo, ésto es lo más exacto
que podemos decir en este instante sobre la relatividad del tiempo y el espacio
sin arriesgarnos a serle demasiado injustos:
que en un plano estrictamente teórico el amor
ni se crea ni se destruye que se transforma de tus manos a mi cuerpo,
y de tu cuerpo a mis manos cuando nos amamos con tectónica voracidad
con revelación de arcángeles furtivos abrazándonos en los arrabales
del paraíso, en el fulgurante magma que constela cada noche nuestra sangre,
en el horizonte de sucesos de los corazones, insaciables agujeros negros que devoran
hasta la última partícula de cariño, porque
como publicará en su momento la revista Science plagiando naturalmente
a Shakespeare ya hay sobradas evidencias como para empezar a considerar
seriamente la posibilidad de que estemos hechos de la misma materia
que las estrellas de la misma lírica sustancia que los sueños
de la misma insensata belleza, y sí, como sospechábamos,
perdida la fe, era cierto que al cerrar los ojos y fundirse en un beso
nuestros demasiado aún descreídos labios, el amor
nos hará nunca más para siempre
brevemente infinitos

AMANTES IGNÍFUGOS

a finales de agosto todavía insaciables los amantes ignífugos
retornan de mar adentro y regurgitan el alba sobre las sábanas
de hilo bostezan al aire lamparones de crepúsculo se arañan
las espaldas de mármol se esculpen a mordiscos antes
de volverse a masticar la escarnecida carne de manzana
de los cuerpos porque al fin y al cabo también son animales
de costumbres y no pueden sustraerse al sacrificio de saberse
vivos aunque a ella mucho más sensible a lo efímero le irrite mucho
oírte decir que la poesía no es más que una caja de música en la que gira
una bailarina con muletas un joyero de ruiseñores disecados
un alfiletero para coserse la lengua a la solapa
Las caricias a partir de entonces adquieren naturaleza inestable
y se volatilizan casi al borde de la desesperanza
como la yesca de la piel para dos pirómanos confesos,
en ese preciso instante los abrazos termonucleares provocan la fusión
de los átomos de deseo enriquecido en el núcleo de las células
y llegados a este punto ya no hay vuelta atrás el pan sagrado
de las lenguas y el cáliz de los labios será la eucaristía
que consagre vuestras uncidas sangres
ahora que in nomine patris et filii
et spiritus sancti os absuelvo de todos vuestros pecados ahora
que os besáis en las sienes castos como niños al acostarse apresuraos
a libaros mutuamente la luz que se os remansa en los ojos antes
de que os sobresalte el ruido del granizo en los cristales
antes de que la helada os siembre en el pecho su primera
cosecha de corazones a principios de diciembre
Podéis ir en paz.

VOCACIÓN





Si tienes los ojos quemados,
oscuros como lunas de azabache
y duros como escorpiones
de alabastro,

si tienes magma en la garganta
pero caminas ausente y tan blando
por fuera que se diría
que no tienes huesos,

si te agarras al poema
como a un abrazo ardiendo
y tus palabras son los restos
líricos del naufragio
de tus sueños,

si enciendes con la colilla
del anterior un nuevo
verso,

trágate la lengua
y cántalo.


Eres poeta.

CRÁNEO DE YORICK CON TELARAÑAS EN LA GARGANTA

                                                                                          Escribir un poema es ensayar
                                                                                          una magia menor.
                                                                                                                     J.L.Borges.


La poesía sirve para tomarle el pulso al cadáver del tiempo
y certificar la hora aproximada de su último aliento,
para asistir incrédulo a la resurrección del cuerpo incorrupto
del verbo, con el corazón en constante vigilia, acechando el fulgurante
relámpago de signos en las tinieblas de la mente, rompiente certidumbre de sal
y espuma a la otra orilla de las palabras (sombra en el paladar, humo
entre los dedos, niebla en las venas) que huyen hurañas y esquivas, súbitas
como pájaros en el desván de los sueños, al sentirnos apenas balbucear
en el rellano, nuestros pasos inciertos, torpes, inseguros, avanzando a tientas en esa hostil
espesura, el dedo nervioso en el gatillo oxidado de la lengua, los ojos absortos en la hermética
cerradura, la sangre floreciendo en la garganta, antes mucho
antes de que posemos sobre ellas los labios, lejos para siempre del alcance
de las manos, donde los ojos nunca se aventuran, allí
hacen su nido, vírgenes, salvajes, ignotas palabras en el ángulo oscuro
sin dueño que las pronuncie y las olvide, inquietantes y magníficas como un seísmo
de arcanos significados, terribles como un alud de silencio, como un jeroglífico de otro
mundo esculpido en el aire, como un eclipse de mariposas
en el estómago.