La vieja mano sigue trazando versos para el olvido.
J.L.Borges
Ginebra, a mediados de junio de 1986. Cierto escritor políglota de muy
avanzada edad e incuestionable prestigio internacional, a pesar
de las ficciones que ornamentan su biografía, avanza
a tientas con su bastón entre las sombras, impuestas de alguna
manera por un caprichoso destino del que sin embargo
no reniega, según él mismo reconoce en inmortales
endecasílabos, no sin porteña socarronería.
Bien al contrario, hace tiempo que lo acepta con mística
mansedumbre a tenor de su simpatía hacia Demócrito de Abdera
quién como su leyenda atestigua
se arrancara los ojos para pensar mejor y soñar más lejos, más
alto, y más profundo.
Se llama Jorge pero prefiere perdurar en al anonimato de las íntimas
penumbras que lo arropan y congregan su imaginación al calor
de una luz cenital que entra por el ventanal de la biblioteca
y que recorta su figura contra los anaqueles repletos
de libros, mientras hojea polvorientos volúmenes
reconociendo al tacto de los dedos el cuero de familiares
cubiertas, el relieve de las letras capitales que inician releídos
capítulos, la orográfica memoria del papel, su terapéutica
textura, alguna que otra flor
seca, vestigio de un paseo del brazo de una mujer
que no recuerda, o quizás sí, y otras imperceptibles señales para el común
de los mortales, pero candentes a las yemas de los dedos de un hombre
de sibaritas sentidos, aficionado desde niño a descifrar cábalas
y enigmas, como la huella indeleble de reseca asimetría que dejó una lágrima
en el papel, el surco que trazó el carbón del lápiz
bajo una palabra escogida, los pliegues dactilares y concéntricos de la piel
del pulgar que sujetó más firmemente, quién sabe ya
por qué, una página, una fotografía que ha perdido la memoria,
en la que posa rodeado de rostros vagamente desconocidos.
De natural inclinado a lo efímero, al vacío que se vierte
en el reloj de arena del cuerpo, su perfil se va desdibujando
entre las sombras que le reclaman
bajo el olor de las flores de lavanda que ya se respira
y que circundarán para siempre de lírica fragancia
su sepultura.
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