Vencidos los labios,
molusco jugoso, acorralo tu lengua
y mis besos te van devorando
con carnívora dulzura,
ávidos de tu boca y tu aliento,
poseídos de furiosa
ternura.
Luego acecho tu cuerpo.
Merodeo sus fecundos pastos
y sus vedados abrevaderos,
hasta que descubro tus ojos
agazapados como dos fieras
hambrientas de amor
abriéndose paso
en la espesura
del deseo.
El instinto santifica nuestros cuerpos
y ya sin remordimientos nos entregamos
a la única liturgia que aplaca
esta inmensa soledad
que nos devasta,
esta insaciable sed
de cariño.
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