lunes, 10 de febrero de 2014

PARÁBOLA DE LA RELATIVIDAD GENERAL


                                                                           
                                                              ¿Qué quiere decir para siempre?
                                                                                         Pablo Neruda.


gracias a ciertos prolongados silencios de Albert Einstein
quien no empezara a hablar hasta la poco usual edad de tres años,
hecho que hubiera constituido una anécdota en su biografía
de no haber dejado una impronta en su carácter que más tarde
condicionaría su existencia de adolescente un tanto taciturno en la Munich de mil ochocientos
noventa y tantos y muy en particular a cierta gravedad
que se le adivinaba en el rostro cuando interpretaba
al violín el concierto número 1 de Shostakovich a los gatos callejeros
y a la comunidad judía en el patio trasero de su casa de Princeton, nueva yersey,
y que no se esforzaba en disimular, más si cabe en sus últimos años
sin sospechar que su cerebro acabaría en formol en un tarro,
todo según su círculo más íntimo, ésto es lo más exacto
que podemos decir en este instante sobre la relatividad del tiempo y el espacio
sin arriesgarnos a serle demasiado injustos:
que en un plano estrictamente teórico el amor
ni se crea ni se destruye que se transforma de tus manos a mi cuerpo,
y de tu cuerpo a mis manos cuando nos amamos con tectónica voracidad
con revelación de arcángeles furtivos abrazándonos en los arrabales
del paraíso, en el fulgurante magma que constela cada noche nuestra sangre,
en el horizonte de sucesos de los corazones, insaciables agujeros negros que devoran
hasta la última partícula de cariño, porque
como publicará en su momento la revista Science plagiando naturalmente
a Shakespeare ya hay sobradas evidencias como para empezar a considerar
seriamente la posibilidad de que estemos hechos de la misma materia
que las estrellas de la misma lírica sustancia que los sueños
de la misma insensata belleza, y sí, como sospechábamos,
perdida la fe, era cierto que al cerrar los ojos y fundirse en un beso
nuestros demasiado aún descreídos labios, el amor
nos hará nunca más para siempre
brevemente infinitos

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