Escribir un poema es ensayar
una magia menor.
J.L.Borges.
La poesía sirve para tomarle el pulso al cadáver del tiempo
y certificar la hora aproximada de su último aliento,
para asistir incrédulo a la resurrección del cuerpo incorrupto
del verbo, con el corazón en constante vigilia, acechando el fulgurante
relámpago de signos en las tinieblas de la mente, rompiente certidumbre de sal
y espuma a la otra orilla de las palabras (sombra en el paladar, humo
entre los dedos, niebla en las venas) que huyen hurañas y esquivas, súbitas
como pájaros en el desván de los sueños, al sentirnos apenas balbucear
en el rellano, nuestros pasos inciertos, torpes, inseguros, avanzando a tientas en esa hostil
espesura, el dedo nervioso en el gatillo oxidado de la lengua, los ojos absortos en la hermética
cerradura, la sangre floreciendo en la garganta, antes mucho
antes de que posemos sobre ellas los labios, lejos para siempre del alcance
de las manos, donde los ojos nunca se aventuran, allí
hacen su nido, vírgenes, salvajes, ignotas palabras en el ángulo oscuro
sin dueño que las pronuncie y las olvide, inquietantes y magníficas como un seísmo
de arcanos significados, terribles como un alud de silencio, como un jeroglífico de otro
mundo esculpido en el aire, como un eclipse de mariposas
en el estómago.
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