lunes, 10 de febrero de 2014
LA CANCIÓN DEL PIRATA
Y si caigo, ¿qué es la vida?
Por perdida ya la di, cuando el yugo
del esclavo, como un bravo, sacudí.
José de Espronceda.
Mukthar Shaykh Abdi, gran Señor de la Guerra, el miedo tejerá nidos
de tarántula en el corazón de los guerreros, incubará huevos de larvas
de avispa en los sueños de los hombres que se alimentarán
de sus remordimientos, que engordarán con su mala
conciencia, que se cebarán con sus malas
acciones. Eso dicen los huesos que han caído así y no de otra forma
al polvoriento suelo de la choza; así habla por boca
de tus antepasados el curandero de acartonada piel y enloquecidos ojos
lunares que has ido a consultar antes de embarcar
hacía los caladeros en el puerto de Bosasso,
porque para entonces el rumor se extiende desbocado, con pánico
de gacela que presiente la mirada del leopardo en la sabana,
recorriendo en una sola puesta de sol los 3.500 kilómetros de costa
del Cuerno de África, de Mogadiscio a Kismayo, infectando la paz
de las conversaciones a la puerta de las mezquitas, amargando
las tertulias en voz baja de las teterías, propagándose como una epidemia
de desesperanza más por los campos de refugiados y los barrios de chabolas
donde se hacinan las mugrientas milicias de hambrientos pescadores.
Para entonces, Señor de la Guerra, tú también has sentido un escalofrío como el beso del cañón de una AK-47 en la nuca. Los armadores portugueses
no tienen tantos escrúpulos como los españoles
o los franceses, no tienen paciencia para los ornatos éticos ni las disquisiciones
morales. El negocio mueve 450 millones de euros al año, así que si te capturan te encierran en las cámaras frigoríficas de las factorías flotantes de pescado y después arrojan los rígidos témpanos humanos por la borda, se deshacen de los despojos helados sin demasiados miramientos porque a fin de cuentas
el Comité de Derechos Humanos de la ONU no va a echar de menos
el cadáver de un negro más o menos flotando indocumentado, antes de hundirse
para siempre en el abismo legal de las aguas internacionales.
La noche antes de reunirte con tu tripulación,
tú ya te has visto solo en la bodega del Virgen de Fátima,
un pesquero de 105 metros de eslora que faena bajo bandera
de Belice y que captura 1.500 toneladas de atún por marea, ya te has visto
colgado de un gancho,
con las manos atadas en las espalda y los párpados escarchados, a punto de
dormirte y soñar que retornan los copiosos bancos de peces
de los que te hablaba tu abuelo
mientras remendaba sus redes en la playa de Lido,
esperando ansioso el milagro de los sangrientos atunes que pronto teñirán de rojo las cubiertas de los cayucos y darán de nuevo de comer a toda la aldea
tras sobrevivir otro año más a los monzones.
Pero las cosas ya no son como eran y en el vestíbulo de un hotel de lujo de Hargeysa tus mujeres y tus hijos bailan para un grupo de complacidos turistas occidentales la danza del
histérico folklore de la miseria.
Por la amura de popa ya se acercan los cañones
de las fragatas que velan por el cumplimiento
de los acuerdos de pesca bilaterales.
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