Ciego, con instinto de animal
que acata su destino,
el día se amortaja en su crisálida
de sombras
para parir la deslumbrante mariposa
de la noche.
Todas las estrellas del universo
arden sobre sus majestuosas alas
abiertas que aletean encendidas
de misterio.
El ocaso se abre paso a cuchilladas
con su puñal de alabastro
y el crepúsculo se desangra
por la herida letal
del horizonte,
resbalando por su mejilla
como una lágrima
de magma.
Enigmáticos astros refulgen
a lo lejos, en la capilla ardiente
de la noche,
como la pedrería de exquisita orfebrería
de un tesoro abandonado
a la orilla del tiempo,
por los imaginarios dioses
que nos sueñan.

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