del hombre preso y relampaguea serena en el cauce de las
venas, alumbrando la lúcida sangre de la generación
que está sudando el porvenir a borbotones picando piedras de sol a
sol en Robben Island, por las heridas abiertas y encendidas como sangrientos
capullos de Protea por el látigo que lacera fiel a la vieja costumbre
la piel más vulnerable y más oscura.
Todavía no lo sabe, pero no hay muros ni rejas que puedan contener su
coraje porque en su mente ya se remansa salvaje la revuelta
y se arrodilla de dolor, aunque nunca más en señal
de servidumbre sino para parir en cuclillas como su abuela, río arriba, más allá
de las chozas en ruinas de Qunu, el pueblo donde nació libre y en el que descansarán
sus desencadenados huesos, la incontenible crecida
de las aguas que lavarán tanta mugre acumulada
en el alma, tanta injusticia porteada sobre la espalda, tantos grilletes
en la lengua, tanta impotencia desecando las gargantas, tanta maldad
enfermiza cuarteando la quemada tierra
de la conciencia.
De noche tumbado en el suelo, el reo 466/64 tararea a sus
guardianes la inofensiva nana de pacífica
guerra que les cantan a sus hijos las madres africanas
cuando les amamantan con la leche que amarga
en el paladar y les provoca el llanto porque sabe a hambre de
justicia y nunca sacia la desquiciante sed
de venganza.
La chispa del incendio de dignidad que prenderá al chasquear
sus dedos y caer sobre la yesca de la ignominia se extenderá como
un hipnótico ritmo de tambores de aldea en aldea, de ciudad en
ciudad, de Sharpeville a Soweto, devolviéndole la condición
humana al pueblo de Sudáfrica, pero no temáis amos
blancos porque no hay ánimo
de revancha en el corazón del hombre condenado
a libertad perpetua que arenga a los guerreros a hermanar
los sueños y a conciliar todas las razas de la tierra.
Su irreductible paz pacerá para siempre en las praderas
de la memoria mansa como un buey entre los versos, imaginando que es un león
que duerme custodiando una bandera blanca,
y sueña que es una gacela
hecha con jirones
de nube,
a salvo de la violencia y la intolerancia
en la imaginación
de un presidiario sin nombre
que mira al cielo libre
del mundo
desde la enrejada ventana
de su celda.
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