Los cosechadores cósmicos acarrean haces de luz al hombro, sudan la vía láctea
por las axilas, se apresuran a recoger la cosecha de estrellas
trillando los eriales de la noche.
Boreales rubores estremecen la piel de cobra de las segadoras
astrales cuando hacen rodar por el cielo las cabezas de los girasoles.
Se manchan las manos con el polen linfático de las amapolas
pero no les remuerde la conciencia ni tienen pesadillas si se cortan
con los filos oxidados de los arcoiris.
Antes de que amanezca hay que ordeñar, por este orden, a los
existencialistas, fenomenólogos, freudianos, místicos, gestálticos,
rogerianos, bergsonianos, jungianos y al resto de barítonos
del coro de fumadores de picadura laringectomizados,
oscurantistas brillantes pero al mismo tiempo hábiles manipuladores de la razón
impura: cogito ergo hoy también nos acostaremos como Descartes más ignorantes
y más viejos.
Acercaos a este cónclave inútil, congregaos en torno a la mesa
camilla para invocar endecasílabos en la guija,
sentaos en las sillas eléctricas ilustrados proxenetas: se os acusa
de sodomizar el sentido común y de prostituir
el lenguaje se os acusa de pesimismo existencial
y angustia metafísica se os acusa de malversar la belleza
se os acusa de disparar metáforas contra la multitud
desalmada.
Alzad la copa de cicuta y brindad por la hermandad de los apóstoles apócrificos
que catequizan vírgenes vestales bajo los puentes,
eyaculad versos precoces sobre las mantillas de las infantas
difuntas y sobre las tumbas de los poetas modernistas
hasta que florezcan orquídeas de acero inoxidable en la calavera de Rubén
Dario y polisones de nardo en las ingles de García
Lorca Federico, vengad esta herida cárdena de violines
en la mejilla, esta cicatriz de insomnio en los ojos, estos perros sonámbulos
aullándonos la sangre.
Al acabar la jornada, de vuelta cada cual a sus obligaciones,
(en el metro, en las gasolineras, en las cafeterías de los museos, en los ascensores de los organismos oficiales, en las salas de espera de
los hospitales, en los aparcamientos de los centros
comerciales) sucede esto de manera invariable:
los exquisitos cadáveres se demoran en su muerte; demasiado vivos
entre los muertos, demasiado muertos
entre los vivos.
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