“El día de los desventurados, el día
pálido se asoma…”
Pablo Neruda
Amanece en Bilbao con escenografía de naufragio,
como en el primer acto de una ópera
fantasma
en la que una orquesta de músicos de
otro mundo
presagia desde el foso la tragedia
inminente.
Húmedo, deshilachado, mugriento se alza
el telón del día,
y descubre un escenario de claridades
raídas, de cielos
desconchados, de desvencijadas ventanas
asomándose
a ruinosos solares, a patios donde se
suicida
la alborada, a un abismo de líquenes
amarilleando
los desmoronados muros del aire.
Huérfana, póstuma, descarnada nos nace
esta aurora que no se sabe
difunta y deambula despavorida por las
funerales alturas,
aullando de dolor, abrazada a su gélida agonía,
envuelta en una mortaja de harapientas
luces.
Loca, ferviente, fanática mañana que
acuna el cadáver del mar
yaciente que le crece en las entrañas,
socavando la arenisca
de su vientre, rugiéndole en la sangre
del alba con un apacible rumor
de catástrofe.
Malquerida, repudiada, deshecha en
lágrimas turbias la ría
se arrastra por la ciudad con alma de
acuarela sucia y desleída,
ahogándose en su propia pena, hedionda y
triste como la resaca
de una vieja alcohólica.
Lúbrica, fervorosa, impúdica la piel de
titanio
del Guggenheim se empapa bajo la lluvia
con el rímel de óxido
chorreándole las heridas, enferma de
fulgor,
candente y palpitante como una
adolescente que ha descubierto el sabor
a marchita madrugada que deja en los
labios
la vertiginosa quemadura
del primer beso.
Impávidos, impasibles, ajenos al drama
los cristales de los edificios reflejan una estampida de nubes, un lamento de
pájaros, un crujir de árboles, de tranvías, de coches, un temblor
de transeúntes sin rostro conocido
porque el frío cristaliza
la sonrisa
y diseca la mirada.
La casta, austera y recatada villa luce
hoy su hábito de látex
y restaña con furia sobre los hombres
el implacable cilicio
de luz
que nos redime
y expía todas nuestras
culpas.
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