lunes, 10 de febrero de 2014

LA AURORA EN RUINAS


                                                                                      “El día de los desventurados, el día 
                                                                                        pálido se asoma…”
                                                                                                                      Pablo Neruda


Amanece en Bilbao con escenografía de naufragio,
como en el primer acto de una ópera fantasma
en la que una orquesta de músicos de otro mundo
presagia desde el foso la tragedia inminente.

Húmedo, deshilachado, mugriento se alza el telón del día,
y descubre un escenario de claridades raídas, de cielos
desconchados, de desvencijadas ventanas asomándose
a ruinosos solares, a patios donde se suicida
la alborada, a un abismo de líquenes amarilleando
los desmoronados muros del aire.

Huérfana, póstuma, descarnada nos nace esta aurora que no se sabe
difunta y deambula despavorida por las funerales alturas,
aullando de dolor, abrazada a su gélida agonía,
envuelta en una mortaja de harapientas luces.

Loca, ferviente, fanática mañana que acuna el cadáver del mar
yaciente que le crece en las entrañas, socavando la arenisca
de su vientre, rugiéndole en la sangre del alba con un apacible rumor
de catástrofe.

Malquerida, repudiada, deshecha en lágrimas turbias la ría
se arrastra por la ciudad con alma de acuarela sucia y desleída,
ahogándose en su propia pena, hedionda y triste como la resaca
de una vieja alcohólica.

Lúbrica, fervorosa, impúdica la piel de titanio
del Guggenheim se empapa bajo la lluvia con el rímel de óxido
chorreándole las heridas, enferma de fulgor, 
candente y palpitante como una adolescente que ha descubierto el sabor
a marchita madrugada que deja en los labios
la vertiginosa quemadura
del primer beso.

Impávidos, impasibles, ajenos al drama los cristales de los edificios reflejan una estampida de nubes, un lamento de pájaros, un crujir de árboles, de tranvías, de coches, un temblor
de transeúntes sin rostro conocido porque el frío cristaliza
la sonrisa
y diseca la mirada.


La casta, austera y recatada villa luce hoy su hábito de látex
y restaña con furia sobre los hombres
el implacable cilicio
de luz
que nos redime
y  expía todas nuestras
culpas. 



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