de siglos que enmohece las estatuas, herrumbra
las palomas y ahoga el tañido de las campanas que doblan
a difunto bajo el agua.
Una luna fractal poliniza la noche y cae como
el hollín sobre los cuerpos que flotan en el paisaje
sin ritmo, con una prisa amortiguada súbitamente por
la muerte, con gravedad de ballet
cósmico, afanados en insólitos quehaceres
cuando el diluvio les sorprende de repente, como
contestar un whatsapp, maldecir el
atasco, consultar el tiempo para el fin
de semana en el periódico, deshacer la
maleta, dar un portazo.
En la puerta del tugurio, Deucalíon
apoyado en una farola, oculta la mirada bajo el ala
del sombrero, apurando con dos dedos la calada de un cigarro
que ilumina de madrugada la socarrona sonrisa
de sus labios.