lunes, 17 de marzo de 2014

RECAPTACIÓN DE LA SEROTONINA

Frío como el deshielo de la piel bajo los vasos
capilares que desbordan ríos de polvorientas lágrimas,
anegando cualquier cosa que ahora miras con tanta obsesiva
indolencia: la cama deshecha como un alud de sábanas de nieve
sucia que te cubre la cabeza, la ropa en el suelo que se ha desvestido
de tu cuerpo, interpretando el simulacro de un suicidio
idílico, consumado sin el esfuerzo de empuñar
un arma, de abrir una ventana, de dejar una nota sobre la mesilla.
Te basta -eso piensas- con cerrar los ojos tan sensibles a la luz que supura
linfática penumbra por las rendijas de la persiana, con sentir la barba
creciéndote en la cara como una enredadera
de litúrgica tristeza, como una mala hierba que te arraiga en el humus
de la piel en ruinas, mientras sujetas la máscara de porcelana
del rostro entre las palmas de las manos.
Te gustaría llorar, pero no puedes.
Los apóstoles de la recaptación de la serotonina
han encendido antorchas de azules prescripciones
entre las dendritas y ya predican en el desierto sinóptico
la química resurrección de una sonrisa.


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