Cuando las palabras callan,
recogemos los silencios de la noche
para llevárnoslos ardientes
a los labios.
La mullida oscuridad
nos envuelve
como un féretro.
Hay una música de grillos
temblando en las madrigueras
del alma.
Un dolor recóndito pero íntimo
que nos mantiene despiertos
hasta el alba.
La muerte nos cerrará los ojos,
cómo cierra el viento de un golpe
las ventanas.
Permanecemos de pié inmóviles
mirando fijamente al horizonte,
como heroicos árboles humanos
desnudos y al borde del abismo.
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