viernes, 5 de febrero de 2016

GPS

El navegador del coche es más preciso, pero
menos romántico, si cabe, que el oráculo
de Delfos.
Emite sus predicciones sin afección
aparente, con su inmaculada voz de recepcionista
de oficina o de encargada de grandes
almacenes.
No le perturban este indefinible desasosiego
interior, el tráfico que maldices ahora
sin convicción ninguna, esta inquietud como de hormigas
en la lengua y peces
en los pulmones, la lluvia que lo complica
todo, el vaho que empaña
las ventanas y los retrovisores,
esta sensación de inminente
naufragio, esta prisa por llegar a tiempo
a ninguna parte.
A 50 metros, en la rotonda, tomarás
la segunda salida, sin cuestionarte
sus vaticinios que geolocalizan desde el cielo
infalibles satélites.
Fiel a sus indicaciones, continuarás por la avenida durante
dos kilómetros, deteniéndote abstraído
en los semáforos, sin prestar atención a los
tilos ni a los peatones, pero creyendo
reconocer vagamente, de repente, el neón
de un bar en una plaza mal
iluminada, una pareja que cruza
entre los coches, un portal en el que hace
años te despediste
de alguien.
El hilo de voz te guiará preciso entre las callejuelas
de la ciudad, enigmática y arcana, como un laberinto,
acercándote sin margen de error apenas
a tu destino.

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