desvela nuestros cuerpos en la sombra
compartiendo el deseo y la ceniza.
Nos amamos con ansia de esculturas
de alabastro, sellando nuestros labios
en un rictus de amor irrevocable.
La soledad trepando por la espalda
deja cercos de liquen como besos
áridos en la piel desamparada.
Las caricias nos nacen de las manos
como flores marchitas que arrancamos
a ciegas, y que en ramos de silencio
cosechamos.
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