Lo que no sabíamos
de la niebla nos quema ahora
en los labios.
Hemos visto sus húmedos dedos
deshilachando las sábanas y cercando la cama y hemos oído sus pasos
crujiendo en la madera
del rellano.
No había nadie al otro lado
del invierno.
Copos de simétrico silencio nos nievan
en los parpados.
Tu mirada me entristece como la flor que regamos con agua del deshielo.
Sólo ésto sabíamos de la niebla.
En su lechosa nada
cada noche nos buscábamos,
ciegos e inmóviles como dos ángeles
de hielo.
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